domingo, 2 de julio de 2017

BORRAR LA PIZARRA (effacer le tableau) 6/8

ITSEMBABWOKO (genocidio)


El grupo de asesinos recorren un distrito donde las plantaciones de té verdean en escalonadas terrazas. Llegan a la siguiente aldea cuando atardece y se topan con un piquete del ejército. Hay cadáveres a ambos lados de la cuneta y en la jungla, a pocos metros; provienen de un todoterreno con disparos en el parabrisas y chorreones de sangre en las puertas. El ejército no se emplea con la misma saña que los milicianos, y sólo hay agujeros de bala en las víctimas.

Los saludos entre uniformados y milicianos son fraternales, y las botellas cambian de manos. Uno de los soldados exhibe un raro trofeo: una boina azul de la ONU acuchillada. Los políticos occidentales retiraron el contingente de cascos azules a causa de las bajadas en las encuestas que causa la mala prensa: si emiten los medios cómo matan soldados blancos y además salen imágenes, el gobierno pierde popularidad. Antes de embarcar en los aviones de transporte, los militares, algunos llorando, se quitaron las boinas y con sus bayonetas las desgarraron antes de tirarlas sobre la pista del aeropuerto. Los ingenuos debían pensar que, el asesinato de los cascos azules belgas que protegían a la ministra, el mundo entero iba a intervenir. Olvidaron que se trata de África. Ningún gobernante occidental quería otra batalla de Mogadiscio, ni más black hawks derribados ni cadáveres de blancos arrastrados por la calle: eso perjudica en las encuestas de opinión.

—Nosotros evacuamos, querido —informa a Papión el oficial al mando—. Si os quedáis a pasar la noche, en esa choza de ahí tenemos a una puta mujer cucaracha: podéis follárosla si sigue viva y no os da asco.

El grupo se agolpa en la puerta de la casa y, a la luz de un quinqué de petróleo, se distingue una mujer desnuda atada a una columna. Junto a ella se pudre una ordenada pila de cadáveres.

—Estupendo, dejaremos que Juvénal se estrene —malicia Papión—. Seguro que el chaval es tan serio, porque todavía es virgen.

Le presta un machete al chico, y este lo agarra como si estuviera al rojo vivo. Papión se da cuenta y concluye:

—Haz que esté orgulloso de ti, Juvénal. Mátala cuando termines y después quédate de guardia en la puerta. Mientras, nosotros vamos a hacer habitable la iglesia del final de la calle y acamparemos.

El grupo empuja a Juvénal dentro de la casucha y se van.

En cuanto se alejan, Juvénal se acerca a la mujer atada para liberarla. Descubre que ya está muerta. Casi a la vez, siente movimiento bajo la pila de cadáveres. Aparta unos cuerpos y encuentra a una mujer semidesnuda que también ha sido violada y disparada, pero está herida leve; la dieron por muerta. Al ver al muchacho, la mujer gatea hasta una esquina, aterrada.

—Tranquila, madame, no le haré nada. —El chico deposita el machete en el suelo y se arrodilla para estar a su altura—. Me llamo Juvénal Nzeyimana, de Kigali, y me han reclutado a la fuerza.

La mujer es incapaz de hablar, tiembla sin control.

—Créame, se lo suplico. Finjo que soy uno de ellos hasta que se me ocurra algo. Creo que varios de ese grupo mataron a mi familia y tengo que descubrir quiénes son…

Juvénal le acerca una cantimplora a la mujer, ella bebe sin perderlo de vista y se limpia la cara.

—¿Puede andar, madame?

La mujer asiente y se levanta.

El chico recoge su machete y se perfila en el quicio de la puerta. Al final del camino avizora una fogata frente a la iglesia y los paramilitares festejando. ¡Poder hutu!, jalean, y Papión y Léonide, únicos con rango de merecer un arma, disparan al aire.

—Dese prisa, madame —ruega Juvénal a la mujer.

Al fondo, acurrucada, ella termina de vestirse con ropa masculina. Después se dirige a una ventana en la pared opuesta a la entrada y escruta fuera. Asoma medio cuerpo y vuelve a entrar.

—Ven conmigo, Juvénal. Si te quedas te matarán —ruega la mujer al muchacho.

—Alguien detendrá esto… —responde él sin dejar de vigilar.

—¿Todavía no te has enterado? —Solloza ella—. Los legionarios franceses vinieron a evacuar sólo a occidentales; la ONU está huyendo de Ruanda y de Burundi. Nos han abandonado, Juvénal, ¿entiendes?: los africanos no les importamos.

El muchacho traga saliva y elude la mirada de la mujer.

—Necesito quedarme, madame. Que Dios nos ayude a los dos. Márchese.

Al rato se acercan Papión, Léonide y Mwami a relevar al chico de su vigilancia. Lo tratan como un héroe. Léo se queda de vigía en la cabaña mientras los otros dos se llevan a Juvénal camino de la fiesta con el resto del grupo.

—¿Sigue viva esa… cosa? —pregunta Papión.

—La puta ha muerto —presume Juvénal mientras se ciñe el cinturón. Tras su oculta victoria, por primera vez se siente cómodo en su papel.

Mwami le ofrece una cerveza. Ambos asesinos le felicitan y tratan de decidir algún apodo para él: se lo ha ganado.

—Un buen mote es el que tiene que ver con tu oficio o tu carrera —aduce Papión—. ¿Trabajas o estudias?

—Era dependiente en un puesto del mercado— responde Juvénal—. Ahorraré y abriré mi propia frutería cuando acabe todo esto.

—A ver si eres buen vendedor —retó Mwami—: ¿con qué bananas prepararías la mejor cerveza?

—Pues para cocinar sirven mejor las de Kibungo, riquísimas porque los cultivan en un suelo muy fértil; y luego las que vienen del Zaire, del banano ibota, tienen un sabor algo ácido, pero agradable; y para cerveza sirven perfectamente las cultivadas aquí, en la zona rural de Kigali…

Mwami se retrasa un paso y destroza la nuca Juvénal de un machetazo; cae inconsciente y lo remata con otro golpe. Acuden todos los hombres; los siete interahamgwe forman un círculo alrededor del cadáver del muchacho. Ha muerto, era un traidor, pero no mutilan su cuerpo. Al fin se le acabó la suerte, tantas veces puesta a prueba: un buen hutu de la anterior aldea le reconoció del mercado de Kigali y sabía a qué familia pertenecía, se extrañó al verlo con vida y lo delató a Mwami. El mestizo llamó por radio para confirmar la identidad mientras el joven estaba ocupado en la caseta. La respuesta radiada del funcionario de turno fue inequívoca: Juvénal había escapado de la purga, se encontraba en paradero desconocido y era el último superviviente de su linaje.

Los milicianos abandonan el cuerpo y vuelven al camión. Antes de subir, Papión desenfunda su pistola y se la lanza a Mwami.

—Toma, para ti: te la has ganado por tu celo. Si arreglas el cierre es una buena arma.

Mwami se queda tan sorprendido que casi se le cae el premio al barro.

—¡Oh! ¡Browning GP35, como la de los belgas! —atina a exclamar—. Gracias, Papi, no tengo palabras.

La exhibe ante los demás interahamgwe, que la observan fascinados como si fuera la primera vez que la veían. Todos excepto Léo, al que cogió de sorpresa la muerte del chico. No estaba en contra de su eliminación, pero deja un pésimo regusto de boca asesinar a un conocido. Si crías un animal y le otorgas nombre, se crea un vínculo que hace más difícil sacrificarlo; al fin y al cabo, Juvénal era hutu.

—Una pistola algo anticuada: yo prefiero un revólver —argumenta Léo por descontentar al mestizo—. Las armas con tambor no se encasquillan como las automáticas.

Reanudan su patrullaje. Papión enciende la radio y la tercera frase del locutor le hace dar un frenazo. Las noticias son terribles: el FPR tutsi invade el país y el ejército es incapaz de contenerlo. Ahora son ellos, los interahamgwe, quienes tendrán la etiqueta del precio pegada en sus cabezas. Papión hace salir a los hombres, les alinea y les dirige estas palabras:

—Si nos capturan, ya sabéis lo que nos espera. Mañana escapamos al Zaire. ¿Alguna pregunta?



sigue...

miércoles, 14 de diciembre de 2016

BORRAR LA PIZARRA (effacer le tableau) 5/8




5.

GUKUBURA (barrido)


“En esta prefectura no nos dejaron ni una cucaracha que matar”, es la frase más repetida por Papión. Cuando llegan a los pueblos, los milicianos encuentran que las autoridades locales ya perpetraron su holocausto particular. Los buenos vecinos tienen avidez de sangre y no esperan a los interahamgwe. 

En ocasiones, el camión se topa con patrullas de militares que informan del curso de la masacre. Alguien cuenta cómo el gobernador de Nyarubuye obligó a siete mil tutsis a refugiarse en la iglesia y allí los exterminaron entre vecinos, militares, gendarmes e interahamgwe; otro ciudadano comenta que en otra iglesia, en Nyamata, acabaron con dos mil más: “los buenos hutus estamparon los niños contra las paredes blancas, que ahora son rojas”…

Juvénal procura no centrar su cabeza en imágenes y se obstina en memorizar todos los nombres de criminales que pueda: Sylvestre Gacumbizi, Silas Ngendahimana, Gitera Rwamuhuzi, Mikaeli Muhimana, Kabuga, Bizimungu, Bagosora… ¿Acaso no utilizan listados los asesinos?, pues Juvénal decide crear el suyo y, si Dios lo permite, será un testigo ante el tribunal que los ahorque. Con todo, a veces siente que su razón va a quebrarse como el tronco de un árbol reseco y la perderá. 

Papión intuye algo raro en él, aunque ese muchacho tan callado le resulta simpático; siempre quiere tenerlo cerca y no le autoriza a viajar con los demás en la trasera del camión hasta que tenga claro si es de fiar. 

Patrullan durante días de pueblo en pueblo, según les ordenan o les apetece en ausencia de instrucciones. Los muertos que abarrotan las cunetas dejan de ser una novedad. Su estado varía según el tiempo que llevan a la intemperie y la acción del clima y los animales: unos cadáveres se ven hinchados por los gases de la putrefacción, otros se tornan grasientos y jabonosos, otros quedaron como momias acecinadas y otros sólo son esqueletos que conservan girones de ropa. 

Hasta Juvénal embotó la sensibilidad y se habitúa a conversaciones como esta:

—Si pasamos cerca del lago Kivu, pescaré una tilapia —dice Mwami.

—Si tú la pescas, yo la limpio y la preparo —añade Léonide. 

—Miradlo: el gran chef —ríe Mwami—. Como el pez suelta mucho jugo, no necesitas aceite: sólo sal y pimienta.

—Creo que el lago está lleno de cadáveres, así que ya sabes de lo que se alimentan los peces —informa un miliciano joven que se hace llamar “Feroz”.

—Entonces, olvidamos ese menú —rectifica Mwami.

—¿Por qué? —pregunta Papión.

—Bueno, Papi, si comieron carne humana… —dice Mwami.

—Las cucarachas no son seres humanos —dice Papión—; y, aunque lo fueran, si comes el corazón de un enemigo, te llenas de su valor. 

Léo añade:

—Lo que hay que hacer si matas a un enemigo valiente es abrirle el pecho y comer su corazón, pero sólo a los valientes.

—Dicen que la carne humana sabe a cerdo —interviene al fin Juvénal.

—Ni idea de a qué sabría —admite Mwami—: yo soy musulmán y no como cerdo.

—Sí. Sabe a cerdo— confirma Papión.

Todos callan ante el descubrimiento. Unos por aprensión, otros por respeto ante el poder que emana de esa suprema, definitiva forma de dominación. La radio emite un aviso sobre habitantes tutsis en una localidad cercana. Papión garabatea en una libreta la sentencia de muerte (la dirección de la casa), y emprenden el camino.

En el pueblo les reciben el alcalde y un tropel de gozosos habitantes. Complementan las delaciones con sus propias listas de enemigos: Ntaganda, Fidèle; Kankera, Ephipanie; Akimana, Faustin… los llaman renegados, y entre vecinos y funcionarios han censado los eliminables de cada distrito: “creo que sé dónde ocultan a cucarachas”, traiciona un crío con pantalón de deporte; “hay un sacerdote que esconde en su casa a varias cucarachas”, informa una mujer, “apunte los nombres”...

Papión felicita a los buenos hutus y desde la trasera del camión les premia con aparatos de radio y paquetes de pilas. No da abasto repartiendo, aunque no se deja engañar por el éxito: infiere que esos paisanos, a diferencia de otras villas, esperan que la milicia mate a sus tutsis por ellos; es preciso aleccionarlos para que manchen sus propias manos de sangre. Si primer paso consiste en que actúen de confidentes, ahora han de aprender a eliminar la plaga por sí mismos. Urge motivarlos.

—Léonide, ya sabes— ordena Papión en el instante adecuado. 

Léonide entra en la cabina del camión, huronea en la guantera y vuelve con un ejemplar de la revista Kangura: el número de diciembre del año noventa.

Papión aplasta un altavoz contra el pecho de Léo y gruñe en voz baja:

—Ya deberías sabértelo a estas alturas.

—Papi, prefiero asegurarme de decir bien cada palabra —justifica Léo.

          Papión desenfunda su pistola y dispara al aire. Pide silencio. Léonide sube al capó del camión, hojea la revista y comienza a leer:

“Los diez mandamientos hutu:
Primero: todo hutu debería saber que una mujer tutsi, quienquiera que sea, trabaja para el interés de su grupo étnico. Consecuentemente, consideraremos un traidor a cualquier hutu que: se case, sea amigo, emplee o tenga de concubina a una mujer tutsi.
Segundo: Cada hutu debe saber que nuestras hijas son más convenientes y concienzudas en su papel de mujer, esposa y madre de familia.
Tercero: Las mujeres del hutu, sean vigilantes e intentan traer sus maridos, hermanos e hijos de nuevo a razón.
Cuarto: todo hutu debe saber que cada tutsi es deshonesto en los negocios. Sólo su única meta es la supremacía de su etnia. Consecuentemente, es un traidor cualquier hutu que haga lo siguiente: asociarse con un tutsi, invertir su dinero en la empresa de un tutsi, invertir su dinero o dinero del gobierno en la empresa de un tutsi, prestar o pedir prestado dinero a un tutsi...
Quinto: todos los puestos estratégicos en la política, administración, economía ejército y seguridad deben confiarse solamente a los hutu.
Sexto: la mayoría hutu debe prevalecer en el sistema educativo. Profesores, alumnos…
Séptimo: las fuerzas armadas de arma ruandesas deben ser exclusivamente hutu. La experiencia de la guerra del octubre de 1990 nos ha enseñado a una lección. Ningún miembro de los militares casará a un tutsi.
Octavo: los hutu deben dejar de tener misericordia con los tutsi”.

Papión alza la mano y, sabedor del significado del gesto, Léonide cesa la lectura.

—¡Ése es el mandamiento más importante! —Grita Papión—. ¿Comprendéis, hermanos? Entre vosotros viven traidores que esconden a cucarachas, y los acabaremos encontrando. Continúa, hermano Léonide.

“Noveno: el hutu, dondequiera esté, debe ser solidario con sus hermanos. Debe buscar amigos para nuestra causa dentro y fuera de Ruanda, comenzando por nuestros hermanos bantúes. También deben luchar constantemente contra la propaganda de nuestro enemigo común tutsi.
Décimo: la revolución social de 1959, el referéndum de 1961, y la ideología hutu deben ser enseñados a los hutu de todas las edades. Cada hutu debe divulgar esta ideología dondequiera que vaya. Cualquier hutu que persiga a un hermano por enseñar esta ideología es un traidor”.

Aplausos.

La mayoría de condenados huyeron al llegar los paramilitares, excepto cierta familia de las afueras de la villa, ignorante de la circunstancia. Unos buenos hutus enviaron a su granja el camión de los interahamgwe.

En la entrada de la casa, un hombre les recibe con la tarjeta de identidad por delante: es hutu; después les ofrece comida y unas cervezas. Los milicianos beben y comen distendidos; se asoman dos niños pequeños a curiosear y el padre les conmina a entrar en casa.

Papión le pasa el brazo sobre el hombro, casi amistoso.

—Venimos por tu animal —le informa.

—¿Cómo? 

—Tu hembra, la cucaracha batutsi —insiste con suavidad—. No te preocupes por tu pellejo, ni por tus mestizos; sólo la buscamos a ella: ¿dónde está esa cosa?, ¿tu animal?

—Le repito, señor, que ella no es batutsi y no está aquí…

El jefe lo abofetea con su libreta de delaciones y luego se la restriega por la cara:

—¡Estás en la lista, pedazo de mierda! —le grita—. Los concejales llevan meses censando a las cucarachas, todas están localizadas con nombres, apellidos y direcciones, ¿te enteras? 

—Le repito, señor, que ella no es batutsi y no está aquí… por favor, soy un buen hutu, como mi esposa, y ella no está aquí, déjeme explicarle… —el hombre farfulla cada vez más nervioso.

—No puedes engañarme, traidor —interrumpe Papión—: o la cucaracha ha escapado, o la has escondido. 

Uno de los niños, que había vuelto a asomarse, rompe a llorar. El jefe golpea al padre en el estómago, y queda a gatas sin resuello. 

—Oye, traidor… —advierte al padre—, ¡y esto va también para ti, cucaracha, sabemos que andas cerca! —Grita en todas direcciones—: ¿me oyes, cucaracha? Si no sales, lanzaremos una granada dentro de tu casa y tus hijos morirán, y luego le cortaremos a tu marido los brazos y las piernas.

Pasan unos segundos de silencio, tiemblan unos arbustos cercanos y aparece una mujer cabizbaja. Su etnia sólo se evidenciaría al leer su documento de identidad. Pasa entre los hombres, que la hacen pasillo, y se sienta en el suelo junto a su marido. El jefe arroja un machete entre ambos.

—Ahora, buen hutu, córtale la cabeza al animal.

El esposo no responde, solloza y niega, apretando muy fuerte los ojos. La mujer recoge el machete y lo deposita en sus manos.

—No me mataste tú, lo hicieron ellos —le consuela.

Los Interahamgwe observan divertidos la escena, excepto Léonide que se enciende un pitillo y consulta su reloj, y Juvénal, que sopesa si olvidar su impostura y huir al bosque. El marido, tembloroso, se yergue y alza el machete.

—Perdóname —susurra.

Ella no responde, agacha la cabeza. El hombre descarga un primer golpe con un alarido. El machete está romo y no la decapita, aunque ella pierde la consciencia. Los siguientes tajos los da con saña para acabar lo antes posible. Los jadeos que emite ya no son humanos, sino gañidos de perro. Los buenos hutu ríen y jalean los golpes como en el fútbol.

Al terminar, papión arrebata el machete al hombre y le dice:

—Trae acá, renegado. Así aprenderás. Como has hecho lo correcto, perdono la vida de tus mestizos.

Mwami nota que Juvénal está descompuesto. Le masajea la nuca mientras lo dirige al camión. 

—Hay que romperlos por dentro —le explica—. Que quien se salve no piense en vengarse por el terror que producimos, y que se sienta culpable por vivir mientras los suyos murieron. Tranquilo, chaval, te acostumbrarás en unos días; ya lo verás.


sigue... 

jueves, 8 de diciembre de 2016

BORRAR LA PIZARRA (effacer le tableau) 4/8





4.

INTERAHAMGWE (los que golpean juntos)


—Como ordenes, capitán— responde Papión.

Papión, jefe de aquellos interahamgwe, es un hombre maduro, alto y fuerte, con las sienes nevadas de canas. El contorno de sus pupilas se difumina en el amarillo ocre de los globos oculares y cuesta saber si te mira; a Juvénal le parecen ojos vidriosos de pez. Papión se expresa con autoridad; por sus ademanes parece un antiguo militar o un soldado frustrado… o un conserje, nunca se sabe. Viste ropa similar a un chándal, la camisa estampada con el mapa de Ruanda y la fecha: 1975-1985. Es la vestimenta que conmemora el décimo aniversario del MRND. Apura largos tragos de una botella de Johnnie Walker y no parece bebido, al contrario que sus cómplices, y esa impresión de lucidez es aterradora; quizás a él no se le pueda engañar.

Los interahamgwe rodean a Juvénal y de milagro mantiene la calma ante los asesinos de su familia. En mayor o menor medida, lucen borrachos y drogados. Decide que si no le matan allí mismo por cualquier tontería, averiguará cuántos de ellos se mancharon con su sangre y los entregará a la justicia cuando acabe la guerra; o se vengará. Los milicianos debaten y parece que de entrada lo van a adoptar. Juvénal, en silencio, se compromete por su parte a no asesinar a ningún inocente por mantener su farsa; ahí concluiría si no lo descubren antes. Cuando llegara ese momento, procurará atacar al matarife más cercano y al menos se llevará por delante a uno.

Antes de abandonar a los militares, Papión regala una caja de cerveza a los soldados y una botella de whisky al oficial. 

—Vosotros, subid atrás —ordena Papión al grupo—; y tú, chaval, conmigo delante. 

Le abre la puerta del pasajero y, al entrar en la cabina, Juvénal encuentra en lugar de asientos cajas de munición, de whisky, de cerveza y latas de gasolina. Aquellos borrachos y fumadores de marihuana se desplazaban sobre una bomba con ruedas y no parecía importarles. 

          —Ponte cómodo —invita Papión—. El chico se inquieta al descubrir que su asiento es una caja de granadas. El interahamgwe palmea la caja e insiste en que se siente—. Excedentes del ejército; atrás hay más. Estas bombas las tiramos dentro de escuelas o iglesias donde encerramos a las cucarachas: nos libramos de un montón de una vez. Las armas de fuego escasean y sólo obtienen una quienes la merecen.

          Papión arranca y conduce fuera de la ciudad, hacia villas en la selva y las montañas. No para de hablar y describe a Juvénal quiénes integran su grupo, la relación de sus matanzas con la supervivencia de los hutus, y los importantes suministros que transportan:

—Llevamos munición del siete sesenta y dos, granadas de mano, cinco minas Claymore, fusiles y lo que más cucarachas mata: un montón de pilas y aparatos de radio que regalar en las aldeas. Esa es nuestra misión especial: distribuir radios a los buenos hutu para que se enteren de los nombres de los traidores. También, cuando se nos ordena, cortamos carreteras e impedimos que las cucarachas escapen a Uganda o hasta la línea del alto el fuego, ya sabes: la zona controlada por el FPR tutsi. Ah, y con suerte nos envían a rematar la limpieza de ciertas aldeas. Eso es todo; ¿alguna pregunta? 

Juvénal niega con la cabeza. Papión le pide la cartera y, con una mano en el volante, la abre y extrae su tarjeta de identidad. 

—Hablas poco —murmura al consultarla—. Eso es que piensas mucho o no piensas nada. 

El joven sólo acierta a encogerse de hombros. Papión le devuelve la tarjeta y añade:

—Juvénal Nzeyimana, de Kanombe: ¿Aún no te cargaste ninguna cucaracha?, ¿sabes algo sobre armas?

El joven niega dos veces, una por pregunta. Cree más inteligente decir la verdad siempre que no le comprometa: se recuerda mejor.

—Qué raro: cualquiera diría que eres africano —sonríe el jefe—. ¿Cómo andamos de idiomas?

—Hablo Kinyarwanda y francés —responde el chico—. El inglés lo entiendo un poco. 

—Ya sé que haré contigo: hablarás a los hermanos de las aldeas cuando Léonide esté demasiado borracho o colocado para soltarles el discurso… Espera, te lo presento ¡Léo!

Se abre la lona que separa el compartimento de carga de la cabina; asoma un hombre cansino algo más joven que Papión. 

—Lo escuché todo, Papi, no me lo repitas —admite sin entusiasmo—. Mejor para mí: menos trabajo. 

Juvénal deduce que es una especie de lugarteniente. Aunque luce medio ido, mantiene cierta dignidad; quizás fuese persona cultivada antes del inicio de las matanzas.

—Este chaval es como tú, Léonide —ríe Papión—. Un africano culto a la europea, un évolué: tenemos de invitado a otro Patrice Lumumba; pobre cabrón zaireño: nadie se enteraba de lo que decía, pero la gente confiaba en él.

—Saber decir las cosas es más importante que la ideología— dice Léo.

—¡Qué tontería! —grita alguien desde atrás—. ¡Es más importante tener un buen machete y que el otro no lo tenga! 

Al que interrumpió le llaman Mwami, como el título de los reyes tutsis. El mote, ofensivo para él, responde a su origen mestizo; por eso mata con el furor del converso. 

La banda ríe la ocurrencia excepto Juvénal, bastante cansado, y eso da lugar a un incómodo silencio. Para rellenarlo, Léonide se estira hasta ocupar medio cuerpo dentro de la cabina, alarga el brazo hasta la guantera, elige una cinta de Simon Bikindi, la introduce en el radiocasete y ajusta el volumen. Suena “El despertar”, himno hutu, y todos lo escuchan con recogimiento de iglesia:

“El indeciso fue un niño que decepcionó a su madre y fue una preocupación para su padre, queridos camaradas.
El sordo dio a luz al sordo, el aturdido dio a luz al loco.
El arbusto dio luz al búho, queridos camaradas.
La verdad a través del fuego que no quema, Y, está dicho: decir la verdad no impide una buena vecindad.
Una palabra para el inteligente es suficiente:
Vengan y oigan. Juro por Dios, juro por Dios y llamo a la victoria, juro por Dios y estimulo a los héroes de Rwakizima.
¡Por suerte son pocos contra nosotros, queridos camaradas!
¡Yo odio a los hutu moderados, Yo odio a los hutu moderados!

Viajan durante una hora. Papión reniega cuando atraviesan una aldea que ya ha sido arrasada sin ellos. Hay tramos en que los cadáveres ocupan parte de la calzada y el camión aplasta esos baches humanos con un siniestro crujido. Son los pocos que están a la vista en comparación con los que se pudren en el bosque cercano. La repetición del sonido y los bamboleos provocan la risa del interahamgwe. “Es lo bueno de conducir un camión. Con un coche tendríamos que bajar y apartarlos”, le confía al joven. 

—”Effacer le tableau”: limpiar la pizarra en franchute. —Le explica—. Así llaman nuestros hermanos hutu del Congo a una carnicería rápida y brutal. Piensa en el pueblo que acabamos de pasar, Juvénal, quizás las cucarachas lo habitaban desde hace doscientos años; llegan los valientes hutus y en unas horas no queda nada con vida, como si nunca hubieran existido.

Papión suelta el volante y hace ademán de borrar una pizarra:

 Effacer le tableau; recuérdalo, chico. 

sigue...