viernes, 14 de octubre de 2016

EL TIGRE





          Mi musa no es una musa normal. Por alguna razón es un tigre. Siempre sospeché que esa inspiración tendría que ser algo brutal y primitivo, en vez de una etérea beldad griega tañendo una lira. Y acerté. El depredador se ha hecho carne y sangre y ronda por la habitación, buscándome. Mientras, yo me encojo y tiemblo encerrado en el armario. 

          Lo vigilo a través de una grieta en la madera. El tigre se acerca a mi mesa, desordena los papeles con una pata y olisquea la máquina de escribir; después gira su enorme cabeza hacia mi refugio, clavando sus ojos ambarinos en los míos, como si pudiera verme, presintiendo la cercanía de la presa. Las bolas de naftalina que alguien desperdigó aquí dentro disimulan mi olor; pero es inevitable que, aun sin estímulo sensorial, la fiera perciba el pánico de una presencia cercana, pues el miedo no hay odorante que lo enmascare.

          Cuesta recordar lo ocurrido. Me disponía a redactar una crónica de lo más insulsa que trataría sobre Fulano de tal, niño bien, que había cambiado de pareja y ahora se dejaba ver con Mengana de tal, otra niña bien. La trivialidad habitual, nada costosa de escribir, soy buen redactor y tengo mucho callo; lo reconozco: me ofrezco igual que una puta y me pagan por ello. Vislumbro que la pesadilla empezó en cuanto acomodé el papel en el carro de mi Olivetti; sí, al comenzar a teclear. Sentí un zarpazo en el costado, como una descarga eléctrica, caí al suelo y noté un aliento ardiente en mi nuca y un rugido ahogado, grave, ardiente y húmedo me borboteó en el oído. Grité y todo fue oscuridad; hasta que desperté y me encontré oculto en esta celda de madera con la bestia acechando en el exterior.

          Es un hermoso animal, hay que admitirlo. La más perfecta y salvaje expresión de poder. Casi parece retarme a que salga... ¡Eso es! No quiere devorarme porque sí, pues podría destrozar la puerta del armario y atacarme. El tigre anhela pelear, que nos enzarcemos. Puede que fuese él quien me encerró aquí durante mi inconsciencia; así retirado del peligro podría armarme de valor, ponderar mi existencia en lo que vale y salir a luchar...

          No. Evitaré el riesgo y esperaré. De momento me siento a salvo y la incomodidad es mínima; algún calambre por la postura nada más. El sufrimiento soportable es mejor que la incertidumbre. Sí, mejor aguardar a ver si se va. ¿Para qué arriesgarse?

          A las pocas horas del levantamiento del cadáver hallado en el armario, el juez de guardia recibió en su despacho un fax con el informe del forense. El letrado ojeó el documento subrayando mentalmente las palabras clave: “varón”, “cuarenta años”, “sin signos de violencia”, “causa de la muerte: inanición”. Después abrió una carpeta y releyó la hoja encontrada en la máquina de escribir. Sólo dos frases tecleadas:

          ¿Por qué elegí ser una bacteria cuando pude ser un titán?
          ¡Qué desperdicio!

miércoles, 12 de octubre de 2016

EL AVATAR




—¡Nooo!
El maldito yanqui disparó el cañón sobre mí.
Me aplastaron la oscuridad y las chispas dentro de la cabeza, como al cerrar muy fuerte los ojos. La oscuridad pesa y me siento plano igual que un papel. Las chispas azules queman y pinchan, ignoro si es ardor o helor. Un agudo pitido metálico provoca que se froten y chirríen las partículas de las que estoy compuesto. Paso por un instante de ahogo, como rompiendo una membrana, el saco amniótico que de nuevo me cubre boca, nariz y oídos; impronta sensorial de mi alumbramiento. Cumplida la iniciación, vuelvo a la luz y me arrebata una maravillosa sensación de amplitud y paz. Pero algo ha cambiado: retorno al mundo que dejé tras recibir el disparo, aunque lo percibo con abrumadora intensidad. Al principio embriaga verlo, oírlo, saberlo todo; lo que ha sido y será.
Me busco. Cada parte mía cambia su forma y densidad cuando tengo consciencia de ella. Para verme la mano con mis inexistentes ojos sólo he de ansiarlo para que así sea. Soy mente y materia, soy todo y estoy en todas partes en todas las épocas.
 El tiempo deja de ser lineal. Recuerdo lo que pasará hace mil eones, presiento lo que ocurrió dentro de otros mil. Hermosos avatares surgen de mi estado de ánimo, puedo ser un átomo o una galaxia si así me place; y ahora mismo, en esta milésima de segundo en particular, formo parte de la estrella Antares y de una molécula de clorofila de una brizna de hierba (bajo la mejilla de mi antigua cara, para ser más exactos). Asimilado esto, me encuentro levitando sobre el campo de batalla, encima de mi antiguo cuerpo. Ahora he mutado al espectro azulado que germinó de mí tras morir.
Sí, debo estar muerto. Pues de otra forma sería imposible expresarme como lo estoy haciendo; yo, un granjero analfabeto del valle de Shenandoah, mitad oso, mitad tejón.
Me resulta difícil echar de menos a mis seres queridos, conozco sus futuras penas y alegrías, y también cuándo morirán y nos volveremos a encontrar (en mi nuevo estado de consciencia ocurrirá en la próxima millonésima de segundo). Sólo lamento que ellos sí sufrirán el pasar de los años y las pérdidas que conlleva la mortalidad. Unos padecerán la erosión de sus cuerpos hasta que la vida se apague como el pábilo de una vela, mientras que otros se irán jóvenes de una manera injusta y violenta (como yo). No obstante, todas las vidas habrán merecido la pena.
Me produce gozo encontrar a mis ascendientes flotando alrededor: a mis cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, treinta y dos etc, etc… así hasta remontarme hasta los primeros humanos entendidos como tales. Y después saludo a los mamíferos que sólo se nos asemejan como óvulo fecundado, y luego a los titanes que reinaron en el planeta antes que nosotros, y después a los seres marinos que se aventuraron a reptar en Pangea, y luego al primer organismo unicelular que hizo la Tierra respirable. Todos han existido para que yo pudiese hollar este mundo durante el tiempo que me tocó. Y, con mis aciertos y errores, no pudo ser de otra manera y fue perfecto e irrepetible. En mi estado me embarga una inmensa gratitud por toda forma de vida en todo tiempo y lugar, no existe la culpa y descubro todas las respuestas. Sabiendo lo que nos precedió y que estamos formados por polvo de estrellas ¿quién osaría decir que otra persona es insignificante?
Me saluda un hermoso avatar, una enorme libélula transparente. Proviene del hombre que me disparó y a su vez acaban de matar. Me presenta a tres entes más, las vidas que hoy segué en batalla. Han elegido la forma de iridiscentes medusas abisales. Bailamos creando un vórtice luminoso. Nos deseamos amor y paz. Nos deseamos buen viaje.
Decido volver al campo de batalla. Allí donde cae un hombre, un rayo de luz brota del cadáver y emerge una esencia semejante a mí. Se unen a la danza de la muerte incontables luminarias más pequeñas que corresponden a animales y plantas que son aplastados o quemados. Todas los almas (o como quieras llamarlas) flotan sobre sus despojos luciendo todas las tonalidades del espectro cromático, parten para unirse a la fuente y sumados crearán el blanco. Somos las piezas de cristal coloreado que forman el inabarcable caleidoscopio de la Creación. Somos parte de la fuente y a la vez la fuente misma; una célula individual, ser vivo en sí, que junto a infinitas compañeras constituimos un inmenso cuerpo que en sí es otro ente.
Ayudo a un moribundo. Padece mucho por sus horrendas heridas. Sin girar la cara vuelve su brazo translúcido hacia mí; sabe que yo acudiría. “Venga, arriba”. Él se deja ayudar. Expira al erguirse sobre su destrozado cuerpo.
—Hola, yanqui ¿cómo estás?— Le saludo.
—Hola. Ahora bien, rebelde. Muchas gracias —responde.
—Sé bienvenido, hermano— decimos a la vez. Nos abrazamos hasta fundirnos y su color rojo y el mío azul dan lugar al violeta.
Remite la lucha. Se retira el ejército del sur; la masa humana en batalla se comporta igual que la marea, con subidas y bajadas. De todas formas siguen perdiéndose vidas por tiroteos esporádicos y, desperdigados por el campo o en hospitales de campaña, van muriendo los heridos más graves.
Otro ser de luz nos pide ayuda. Se siente extraviado. No flota como nosotros y se ha sentado junto a su cuerpo de muchacho sin saber qué hacer. Suspira. Dos soldados intentan curarle un disparo en el pecho taponando la herida con trapos. Uno de ellos, rabioso, arroja al suelo el vendaje sanguinolento. “Maldita sea, ha muerto”, gruñe. Mi nuevo amigo y yo sabemos que aún no es la hora del chico y le ayudamos a acomodarse de nuevo en su funda terrenal. “¡Vuelve a respirar, es un milagro!”, gritan los soldados. Debe de ser alguien muy querido.
Mi amigo y yo decidimos fluir juntos hasta la fuente y, reunidos con ella, formaremos parte de la luz blanca.
¿Epílogo? ¿Exordio?
He de viajar. Es hora de dejarte. Así que si tú, que ahora lees mi pensamiento, preguntas sobre la existencia de algo en los instantes postreros al óbito: un cielo, un infierno o la reencarnación (esa anhelada metempsicosis a la que se aferran algunos); te responderé que, tras existir, lo único que no podemos ser es la nada. Abandonada tu crisálida de carne no puedes mentirte, eres sabiduría pura, y tú mismo harás lo que necesites hacer durante el tiempo que lo necesites, y después decidirás otra vez, y otra, y otra… aunque a lo mejor tu decisión será no hacer nada y aquietarte. Si consideras que no te he respondido confesaré que sí y no: que sé lo que será de ti, pero no te lo digo ¿qué derecho tengo?



lunes, 10 de octubre de 2016

THE REBEL YELL (3ª parte. Final)



 

3.

La carga de Pickett.
Esperamos entre los árboles. Pickett, jefe de la división, viene a desearle suerte a Armistead, el general de nuestro regimiento. Se les une un oficial con casaca roja, fuman y ríen. El sargento nos susurra: “es un coronel inglés, lo ha enviado su puñetero rey como observador”. El maestro añade: “es gracioso, hace medio siglo estábamos matándonos con ellos y ahora nos envían a este repipi de visita ¿sabrá que está charlando con el sobrino del Armistead que defendió Baltimore frente a la armada inglesa?”.
Yo sí que no lo sabía, claro.
Pickett ha decidido que avancen dos brigadas en línea (Garnett y Kemper) y la nuestra detrás como apoyo. Cuando en casa me pregunten sobre Pickett, lo más honesto que puedo contar es que al primer vistazo no parece que pueda tener agallas. Su aspecto es demasiado atildado -escuché por ahí esa palabra, y creo que lo define-, con tanto bordado en el uniforme, el quepis azul en vez de sombrero para lucir sus tirabuzones, el bigote y perilla tan bien cortaditos… y resulta que en verdad es un auténtico león: ya de jovencito, junto a otros héroes que están hoy aquí (y en el otro bando), asaltaron las murallas de Chapultepec en la guerra con México.
Explotan algunos proyectiles yanquis, los soldados más jóvenes bajan las cabezas y encogen los hombros; parecen tortugas. Los tres oficiales siguen conversando como si nada, incluido el casaca roja. Toda una lección de humildad para mí ¡y pensar que desde niño creía que los ingleses eran una panda de afeminados!
Siento como un mal presagio que la artillería enemiga aún responda. Utilizan balas redondas macizas. Causan pocas bajas, pero es su forma de decirnos que siguen ahí, esperándonos, a pesar de que durante dos horas les ha llovido tanto fuego como el que Tú, Señor, arrojaste sobre Sodoma. Otro mal augurio es que al general Garnett le coceó su alazán en la pierna y no puede caminar, así que marchará junto al regimiento montado en el maldito bicho y será un blanco perfecto. Parece que quiere suicidarse. Nadie ha podido convencerle de que ceda el mando, y los superiores no han tenido fuerza moral para ordenárselo. Eso es valentía. Gracias a hombres hechos de esa madera,  seguro que venceremos.
Pickett y el inglés se despiden de Armistead. Llegó el momento. Se da la orden de salir del bosque y alinearnos. Aún no marchamos, aguantamos la posición hasta que formen las tres divisiones. Insisten los cañones yanquis. Debemos de estar reunidos justo en el límite de su artillería de largo alcance. Un borrón negro se acerca, rebota en el suelo y le arranca la pierna a un soldado por debajo de la rodilla. Se lo llevan. Seguimos firmes: ya no quedan cobardes ni desertores y cargaríamos incluso sin oficial que nos guíe.
—¡Adelante! ¡Marchen! —grita Armistead. Cada oficial repite la orden en cada compañía, como un eco. Redoblan los tambores. Nos damos ánimos, por todas partes aullamos nuestro rebel yell. La distancia a salvar es larga, así que comenzamos marchando despacio. Atravesamos nuestras baterías, ahora mudas; humea la hierba frente a las bocas de los cañones. Sus servidores nos vitorean según pasamos junto a ellos. Aún no despejó la bruma provocada por nuestro bombardeo. Me pica la garganta y sabe a pólvora.
Distingo la posición yanqui entre las volutas de humo. Frente a la arboleda central, hombres azules y cañones se protegen con una barricada de piedra; la refuerzan con lápidas y estatuas del cementerio cercano. De poco les servirá, deben estar pasmados al ver cómo se les echan encima tres divisiones completas: una hilera de milla y media de largo de uniformes grises, con el sol chispeando en las bayonetas. Bueno, grises y de todos los colores posibles; lo que sobra de valor nos falta en equipo, y algunos vamos descalzos y vestidos con andrajos. Tampoco es raro encontrar a quien se arriesga a recibir un disparo por aprovechar partes de uniformes yanquis para no ir en paños menores.
Ya sabes, Padre, que estos primeros momentos son los más difíciles, cuando necesito tirar de mí hasta entrar en la pelea. Luego lo recordaré todo como un sueño. Lo normal es pensar que la bala le tocará a otro, siempre le toca a otro, y no es por desear el mal ajeno, Padre, la idea sirve para que evitemos hacer lo que todo ser vivo en sus cabales hace ante el peligro: correr en dirección contraria. Menos mal que el capellán me enseñó el salmo veintitrés; gracias, maldito borracho:
“Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar…”
Comenzamos la marcha. Mil trescientas yardas hasta el enemigo.
“…Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma…”
Mil doscientas yardas, disparan proyectiles que explotan al tocar el suelo y escupen esquirlas metálicas. Se abren huecos en las primeras líneas que rellenan al instante los hombres de las filas de atrás. Sorteamos los primeros muertos y heridos. Olvido la muerte, de lo contrario perderé el control. Cuando cae un compañero pienso: “lástima”, y continúo, luego tendré tiempo para sentirlo.
“…me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre…”
Quedó atrás la niebla de nuestros disparos. Mantenemos la formación, hombro con hombro. Hay bastantes caídos. La hierba nos llega a los tobillos. A lo lejos, los yanquis vuelven a sus defensas. Su infantería se cobija en el muro de piedra; no es muy alto, pero detendrá las balas. Lo malo de verles ahora tan claramente es que también nos ven ellos a nosotros. Cargaremos a la bayoneta cuando estemos cerca. Una cosa es cargar, y otra llegar a chocar las líneas; lo normal es que uno de los dos bandos esté tan castigado que huya.
—No se diseminen, no se desperdiguen, mantengan la formación —gritan los oficiales.
Ochocientas yardas. Explotan sobre nuestras cabezas balas con metralla, hieren a muchos. Como diría nuestro capitán: “el fuego es cada vez más denso”. Grito a cara quemada que a lo mejor no destruimos sus cañones. Responde: “Mejor, así los capturamos, que tenemos muy pocos”. Yo río, pero sigo rezando:
“Aunque ande en el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo…”
Llego a tiro de piedra del cercado; alto como un hombre y muy robusto: difícil de escalar o derribar. Al otro lado habrá que recomponer líneas. Los soldados azules se levantan de su refugio y disparan a discreción con sus mosquetes. Por todas partes caen soldados grises. Un cañonazo vuela un enorme listón de la valla y arrastra un puñado de hombres, entre ellos yo. Me encuentro aturdido en el suelo, mirando al cielo, veo pasar a los demás desde abajo. Cuida de mis amigos, Dios, sobre todo del maestro y de cara quemada. Me levanto, compruebo que no me falta ningún pedazo y me incorporo a la primera sección que pasa por allí. En todas las líneas hay huecos que rellenar. Menuda matanza.
“Tu vara y tu cayado me infundirán ánimo. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores…”
Alcanzan al hombre de mi lado. Nos apretamos de nuevo. Otra explosión cercana, vuelvo a caer y me vuelvo a levantar. En la cerca me topo con una docena de muchachos paralizados, se han separado de los suyos y no se orientan, parece que piden que los maten. Para hacerlos reaccionar se me ocurre devolver el fuego al enemigo. No puedo engañarte, Señor, no soy el buen samaritano, ayudándolos también distraigo el miedo que tengo yo. Llego hasta los chicos, los levanto y los alineo. Mejor gritarles para que no piensen más de la cuenta, aunque no existiese el estruendo de la batalla les chillaría igual: “¡Vamos, hijos de zorra! ¿Y vosotros os llamáis hombres del sur?”. No lo son, todavía ni se afeitan.
—Vamos a disparar una salva y a seguir avanzando —ordeno—. Lo haremos juntos, miradme a mí y a nada más, como en la instrucción: primero, coger el cartucho —lo hacen, menos mal— si os tiemblan las manos, romped el papel con los dientes, bien, echad la pólvora en el cañón, así, ahora meted la bala usando el papel vacío como taco, eso es…
Uno de los muchachos sale despedido hacia atrás; le han dado en la garganta y el pobre tiembla como un pez sacado del agua; intenta gritar y sólo le sale un horrible: ¡ggg, gggg! como la respiración de un tísico. Malicio que los chicos van a dejar caer las armas y a huir. Por suerte un sargento desconocido llega a tiempo y se coloca al otro lado del pelotón, les grita en mi lugar: “No lo miréis, ha muerto. Cubrid su hueco; ahora sacad la baqueta del encastre y empujad la bala hasta el fondo, así, guardar la baqueta en su sitio…” repara en mí y con una mirada nos lo decimos todo: él nota que ya puedo encargarme de ellos, le agradezco su ayuda con un asentimiento y vuelve con sus hombres, cosas de veteranos. Continúo con los críos:
—Ahora colocar el fulminante, y amartillar el arma, eso es, apoyar el mosquete en la cerca para apuntar ¿veis?, por fin sirve para algo bueno la condenada; a mi orden, ¡fuego! —Disparan—. Venga,  seguimos.
Subimos por el cercado usando sus cuatro travesaños como peldaños de una escalera.
Menos de doscientas yardas, los yanquis nos aguardan descansados y protegidos por su murete de piedra. Yo serví con Longstreet en Fredericksburg y allí nosotros también teníamos un muro. Pudimos mantener la posición después de rechazar catorce asaltos de los azules, catorce; fue una carnicería, perdieron veinte hombres por cada uno de los nuestros. Ese maldito muro… 
Ya nos cañonean con esos endemoniados botes de bolas de hierro. Entre el humo aparece Red eye, el caballo del brigadier general Garnett, con las crines y la silla manchados de sangre y tripas. Parece que lo ha cazado un impacto directo de artillería. Al menos el animal parece estar bien y galopa hacia nuestras líneas. Pasa entre los chicos y yo separándonos. Vuelvo a estar solo entre la marea de gente.
Armistead ha clavado su sombrero en el sable y lo usa como bandera, nos grita que le sigamos. Gracias por permitirme verlo, Señor del Cielo, es como la luz de un faro. Paso ligero hacia el enemigo. Paramos, formamos líneas y disparamos, ellos también. Sus cañones nos escupen doble carga de botes de metralla, caemos a docenas. Ya pisamos el muro; con sólo medio metro de alto nos ha causado un daño terrible. Sólo quedan guardándolo un puñado de yanquis que retroceden, el resto son cadáveres. Lo saltamos unos cien hombres. De repente, un artillero enemigo que parecía que abandonaba su cañón vuelve corriendo sobre sus pasos y dispara. Se ven volar cabezas y extremidades. Así de cerca estamos. Lo acribillamos por la espalda mientras huye.
 Alcanzamos la primera batería. Muertos los servidores, Armistead grita que giremos los cañones, pero acuden más y más enemigos a tapar la brecha. Son demasiados y llegamos pocos grises al cuerpo a cuerpo; apenas hay tiempo de recargar y la lucha será a cuchilladas. ¿Sabes, Señor? Cuando te enzarzas con alguien concreto, incluso con tanta gente alrededor, se vacía el campo y sólo eres tú y él. Me deshago a bayonetazos de un par de enemigos y busco a Armistead, lo han dado en el pecho y agoniza. Nuestras líneas flaquean y los hombres comienzan a retroceder, algunos disparando, otros corriendo, y los heridos ayudados por compañeros o usando el mosquete como muleta. Mejor volver si puedes caminar o podrías estar días tirado sin que te atienda un matasanos. Imposible seguir. Llegamos lejos, pero demasiado pocos.
Se presenta un nuevo regimiento para reforzarles ¡Señor, pero qué te he hecho yo hoy! Se alinean y disparan. Reconozco su bandera, es la del 72 de Pensilvania. Además de ser las mejores tropas que tienen, llegan frescos al combate y defienden su tierra: estamos apañados. Caigo en la cuenta de que les estábamos invadiendo. Reconquistan los cañones y los vuelven a emplazar.
Estoy agotado, imposible dar un paso más. Me sangran los pies. Llevo media guerra combatiendo descalzo. Río al comprobar que la sangre no es mía ¡Y pensar que fuimos a Gettysburg para requisar allí un cargamento botas! Cargo mi arma, disparo y acierto a un artillero en la boca, otro servidor de la pieza abre fuego hacia donde estamos.
—¡No! ¡N-!               

THE REBEL YELL (2ª parte)




 

  2.

Viernes por la tarde.
No he comido, Padre Celestial. Puede ser la disentería, o quizás los nervios. Es la mala sensación de siempre y ya me acostumbré, como cuando te tienen que sacar otra muela y ya sabes lo que te toca pasar y te molesta menos.
Veo a dos capitanes de la compañía ce. Uno mira su reloj “casi la una de la tarde”, oigo que dice. Estos chicos de ciudad necesitan una máquina para saber la hora, pobres, ¿quién es el ignorante? yo la sé mirando la altura del sol, es lo normal. Me gusta que la lucha vaya a ser al mediodía; es horrible la sensación de no estar del todo despierto a primera hora de la mañana mientras alguien intenta matarte.
Truenan los primeros cañonazos. Nuestras baterías suman un total de ciento ochenta piezas y disparan a un ritmo de un disparo por segundo; dentro de un par de horas no quedará nada vivo en Cemetery ridge. Tenemos que abrir la boca como hacen los artilleros para que no nos revienten los oídos con los estampidos. Saber lo que le está lloviendo al enemigo nos da tranquilidad para el asalto. El humo de la pólvora no nos deja ver nada tras las primeras salvas. Un chistoso cuenta que, como mañana es cuatro de julio, se lo hacemos celebrar por anticipado a los yanquis. De vez en cuando cae cerca algún proyectil enemigo como respuesta.
Un soldado de los nuevos remplazos nos avisa de que nuestro sargento y otros suboficiales parecen bastante serios. Conocemos a cara quemada de varias campañas y esto no es normal; algo le preocupa. Tenemos que enterarnos, claro, y nos acercamos a hablar con él. Somos veteranos y sabe que puede ser franco, que si hay problemas responderemos bien y le ayudaremos con los reclutas. La moral de la tropa no peligra, aunque no todo sean buenas noticias.
—Por favor, sargento, necesitamos saber qué vamos a encontrarnos— le pregunta un cabo.
—¿Dudáis de las órdenes recibidas?
—No, señor. Llevamos dos días esperando y queremos combatir, pero sabemos que la lucha ha sido muy sangrienta en otras partes del frente y no creemos que aquí vaya a ser fácil— responde el cabo por todos nosotros.
—Está bien. —El sargento me deja un pequeño catalejo y me indica que luego se lo pase a mis compañeros— mirad allá, al objetivo. La mayoría sabéis lo que ocurrirá: tenemos que avanzar milla y media al descubierto ¿veis la cerca de madera que cruza todo el campo? mientras la atravesamos nuestras líneas se desordenarán y tardarán en recomponerse. Y a partir de ahí estaremos bajo el fuego de mosquetes y artillería de corto alcance. —Me da una palmada en el hombro—, la metralla de la que hablabas con Dios. Calculo que para ese momento ya rondaremos el cincuenta por ciento de bajas y…
Me viene a la cabeza que el lugar al que vamos se llama: “Colina del Cementerio” y noto un escalofrío. —Entonces ¿por qué atacamos precisamente ahí?— pregunto.
—Porque la artillería del coronel Alexander quebrará sus defensas y destruirá la mayoría de sus cañones, nuestro asalto romperá sus líneas y no podrán contenernos. Seremos demasiados para ellos.
—Entonces ya está hecho. Los yanquis casi han dejado de disparar— añado.
—Jamás subestimar al enemigo. Usad otra vez el anteojo ¿Veis a su general a caballo entre las explosiones, al descubierto? Da ejemplo y anima a sus hombres. Es Hancock, un buen militar, tan competente como los nuestros. Si apenas disparan porque les hemos triturado, estupendo; pero si retiraron los cañones y ahorraran munición esperando el asalto…que Dios nos asista. —El sargento se enciende la cachimba y se obliga a sonreír—. En fin, olvidad mi seriedad, mi trabajo consiste en anticipar posibles problemas, por eso seguimos vivos, recordar que tengo que cuidaros… ¡Ánimo, soldados! Los nordistas nunca han reservado su artillería en toda la guerra, siempre disparan cuando pueden hacerlo y sería muy raro que precisamente hoy cambiaran de táctica. Si cada uno de nosotros cumple con su trabajo la victoria es segura. ¡Cuento con vosotros, paletos!
Nos deja. Vemos que otros soldados le preguntan y finge que no pasa nada. Somos los veteranos del regimiento y le agradecemos su confianza. Será duro, pero venceremos. Claro que sí.
Volvemos junto al resto de la tropa, el ataque será pronto. Me apoyo en un árbol y mi mano se pringa de resina. Me gusta su olor, los pinos de Virginia son tan hermosos como estos de Pensilvania, otra obra tuya, buen Dios. Qué hermosa tierra y qué pena regarla con sangre. Miro el cielo y me imagino que lo estoy viendo mañana a estas horas, como si ya hubiera enviado mi cuerpo al combate mientras mi cabeza duerme, y ya me he despertado después de haber pasado lo que quiera que me vaya a tocar vivir ahora.
Me da por razonar qué demonios hago aquí. Sí, fui reclutado. Dicen que todo empezó por la emancipación de los esclavos y que los del norte iban a invadirnos. La verdad, Padre Celestial, nunca he pensado mucho en política ni en los morenos: viven en la miseria, pues yo también; no saben leer, pues yo tampoco. Dudo que sea grato a los ojos de Dios que unos señoritos sin callos en las manos obliguen a trabajar a unos pobres diablos. Los chicos de Alabama, usando la jerga de los esclavos, se refieren en broma a los generales Lee y Longstreet como “masa Lee” y “masa Longstreet”; hay tantos negros que ya nos contagian su forma de hablar. El párroco de mi pueblo explica que la Biblia justifica la esclavitud y no lo acabo de entender, igual que tampoco creo que los negros no sean seres humanos; su sangre es tan roja como la mía, lo sé porque la he visto. Eso sí, jamás aguantaré que unos malditos yanquis invadan mi tierra y me digan lo que tengo que hacer. Faltaría más. Sí: sabía que vine a la guerra por algo.
Termina el bombardeo. Silencio raro, porque pitan los oídos. Nos llaman a formar. Padre, recuerda lo que hablamos esta mañana. ¡Vamos allá!
El soldado que camina frente a mí es maestro en Norfolk. “Oye, amigo” (le llamo así, pues lo somos); “dime”, responde sin volverse; “mañana, cuando esto termine, quiero que me enseñes a leer ¿de acuerdo?”; ahora sí se gira “será un placer”, dice sonriendo.
Claro que es mi amigo.