sábado, 3 de diciembre de 2016

BORRAR LA PIZARRA (effacer le tableau) 2/8



2.

TALAR LOS ÁRBOLES ALTOS

 Kigali, dos meses antes. Tarde del seis de abril de mil novecientos noventa y cuatro. Aún llaman a Ruanda y Burundi: “la Suiza africana”. 

El vecindario, como gran parte de la ciudad, se derrama por la ladera de una colina y sus calles son pendientes terrosas —toboganes de fango cuando llueve—. Se apretujan los invitados en el pequeño jardín de cierta casa del suburbio de Kanombe. No ha de entenderse como un chalet a la europea, sino como una vivienda grande, de formas bastas, levantada con ladrillos de hormigón y techado de uralita; el jardín, que también es garaje, consiste en el trozo de foresta que queda dentro del cercado del terreno. Es un hogar de clase media, separado de los vecinos por brochazos verdes de jungla allá donde todavía no se han construido casas ni plantado bananos. En el jardín, los amigos hormiguean frente a un raro tótem: una mesa, sobre ella una banqueta y encima el televisor que sacó al exterior el señor Nzeyimana, propietario de la vivienda y anfitrión de la fiesta; da igual que no juegue Ruanda, la Copa de África de fútbol es un acontecimiento. La mesa fue calzada para que se mantenga recta por el señor Hakizabera, un vecino albañil de profesión, que recibió el aplauso de la concurrencia cuando mostró con un nivel la perfección de su trabajo. Juvénal, uno de los nietos del señor Nzeyimana, completa la instalación con una sombrilla que cubre el aparato por si lloviera. Podría haberse quedado en casa y ver el partido, pero prefirió caminar una hora hasta Kanombe y disfrutar de las cuarenta pulgadas de pantalla de la tele del abuelo. 

“¡Goool!”, aúllan todos. Zambia ha marcado el cuarto gol ante Malí y jugará la final.

—¿Quién ha sido? —pregunta el señor Nzeyimana. Sale de la casa cargado con un barreño en cuyo interior tintinean botellas de cerveza.

—Kenneth Malitoli —se apresura a responder Juvénal.

El hombre observa la repetición de la jugada y arquea una ceja.

—A puerta vacía, también lo meto yo —afirma—. Entonces la final será Zambia contra Nigeria —calcula mientras deposita el barreño en el suelo.

Los invitados, una docena entre familia y vecinos, debaten sobre el asunto entre sonoros brindis y risas. Al poco de finalizar el partido, vibra una explosión en el cielo. Lejos, en lo alto, observan un diminuto incendio. “¿Fuegos artificiales?” pregunta la tía Geneviève, “¿sobre las pistas del aeropuerto?” responde con otra pregunta su marido. A pesar de la distancia, se distinguen las luces estroboscópicas de un pequeño reactor; la cola arde en llamas rojizas. Desde la colina de Masaka brota un fogonazo y una estela parte en dirección al avión, que lucha por no entrar en barrena. Otro estallido más grande, y el aparato cae del cielo partido en dos. “Ha sido un misil… dos misiles” afirma Juvénal. “Trae la radio”, ordena su abuelo. 

Algunos convidados se retiran a sus casas por lo que pueda pasar. Quienes permanecen  con la familia Nzeyimana se dividen el trabajo: unos buscan informativos en los canales de televisión y otros exploran el dial de la radio. De momento sólo cosechan una sucesión de rumores: primero informan sobre una explosión al final de la pista del aeropuerto, al rato advierten de que se ha visto fuego en el palacio presidencial, después que reventó un depósito de municiones del ejército y luego que ha sido un avión estrellado. Al final, una certeza: se confirma que han derribado el avión presidencial y no hay supervivientes. El presidente Habyarimana volvía de la vecina Burundi tras firmar la paz con la guerrilla tutsi del FPR, una paz auspiciada por Naciones Unidas: los culpables debían de ser los que dicta la costumbre.

—¡Malditos tutsis! —reniega la abuela. 

—Mujer, no creo que fueran ellos —corrige el abuelo—. Todos lo vimos: dispararon desde el monte Masaka y ahí no están los del FPR, sino el ejército, y también hay un centro de entrenamiento de paramilitares interahangwe. Créeme: ahí no acamparían los tutsis ni locos.

Pasan dos horas. Los adultos intercambian teorías, cada uno la suya: pudo ser una venganza de militares descontentos por la paz, o del FPR para tener la excusa de invadir el país desde sus refugios de Uganda, o un golpe de estado para que la presidencia recaiga en la tutsi Agathe Uwilingiyimana… Juvénal se pierde con tanta política y con el cloqueo simultáneo de los mayores. Su abuelo resume la situación: “Da igual quién haya sido: todos querían verle muerto, hasta los miembros del clan Akazu, el de su mujer”.

La RTLM, Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, emite continuos boletines y consignas. Grégoire, primo de Juvénal, advierte que se oye a lo lejos el traqueteo de ametralladoras. Se asoman a la ventana y la calle está oscura y silenciosa excepto por ocasionales ráfagas, no demasiadas, no parece una batalla ni un tiroteo, simplemente alguien dispara de vez en cuando.

 Más informativos radiados, más lemas: 

“RTLM Ruanda, el país de la leche y la miel antes de que aparecieran las serpientes y empezara a correr la sangre. Los tutsi son asesinos que colaboraron con los colonizadores belgas y engañaron a nuestro gran presidente para firmar la paz con su guerrilla, ellos planean un genocidio contra vosotros. ¡Defendeos! ¡Animaos, valientes hutu, las tumbas aún no están llenas! Abrid el vientre de las embarazadas, erradiquemos esa plaga, estad atentos, vigilad a vuestros vecinos, pueden ser cucarachas tutsi. Se despide de vosotros vuestro amigo, Georges Ruggiu”.

—¿Tú qué piensas, Juvénal? —Le pregunta el primo Grégoire.

Juvénal, todo el país, llevan meses escuchando la perorata incendiaria: al cabo de un tiempo lo estrambótico y exagerado produce indiferencia. El chico se ha acostumbrado a una guerra intermitente y la asume como algo casi natural, como los estragos anuales causados por las crecidas durante la estación de las lluvias, e igual sobrelleva las noticias sobre asesinatos políticos; cada poco aparecen dos o tres cadáveres en las cunetas. Para muchos la propaganda de la RTLM son chillidos cómicos, infantiles, caricaturas, periodismo exaltado a la africana: “¡os mataremos!, ¡os chuparemos la sangre!”. ¿Quién puede tomarlos en serio?, ¿qué podía pasar? La ONU estaba allí, los cascos azules patrullaban por todas partes en grupos de ocho, también había manadas de periodistas extranjeros mientras el mundo observa las negociaciones de paz… así lo manifestó el muchacho.

—¿Y tú, Grég?: ¿crees que se va a liar otra vez? —repreguntó Juvénal.

Grégoire sólo piensa en ganarse la vida tras dejar los estudios, igual que Juvénal. Es alérgico a la política. Ahora piensa en las veces que se cruzó con grupos de interahangwe bailando y cantando por la calle igual que en carnaval, sólo que iban camino del estadio a afilar sus machetes sobre el campo de juego. Bravuconería tolerada; se hacía en público y a nadie escandalizó. La única precaución que tomaba Grégoire era salir de casa con el carnet; los gobernantes hutus creyeron práctico conservar el legado colonial de unas tarjetas de identidad donde figura la etnia del titular. Ganduleaban los milicianos en controles de paso que improvisaban un poco por todas partes, donde les apetecía, sobre todo si había alcohol cerca. “¡Poder hutu!”, gritaban alzando el puño, el primo Grégoire replicaba: “¡poder hutu!”, mostraba su carnet si quedaba algún miliciano sobrio capaz de leer, y le permitían circular. Era casi divertido. 

—Hasta ahora nunca me molestaron —reconoce Juvénal—. Son vagos y borrachos: en unos días volverá la calma. 

Las teorías se esfumaron tras un nuevo tableteo de disparos: siempre se avientan con su sonido.

—Abuelo, tengo que llamar a casa —pide Juvénal.

Telefonea a sus padres y le tranquilizan: en su barrio hay calma. No obstante deciden que por seguridad el muchacho no se mueva de casa del abuelo hasta el día siguiente. Juvénal acepta y la abuela acoge aliviada su decisión.

Los invitados siguen opinando. Entre los asistentes hay hutus de madre tutsi, hutus moderados y otros que apenas disimulan el enfado por el magnicidio. Cyprien, un vecino gendarme de vacaciones, observa pensativo; los más exaltados buscan su mirada para que confirme sus opiniones, y él rehúye el debate.

La radio continúa la soflama: 

“Cortar los pies de los niños para que anden toda su vida de rodillas”, “matar a las niñas para que no haya generaciones futuras”, “las fosas comunes aún no están llenas”, “matadlos, no cometamos el mismo error que en 1959”.

Son las mismas exageraciones de hace un año, pero esa noche, en aquel momento y lugar, algunos parecen de acuerdo y el abuelo los encara:

—¿Cuántos ruandeses os cruzáis a lo largo del día que podáis distinguir su etnia? Soy viejo, y ante mí han matado personas por parecer tutsis, aunque eran hutus, y al contrario: ¿sabéis por qué somos hutus? Porque cuando los colonizadores belgas clasificaron a la población, nuestras familias no tenían las diez vacas necesarias para que nos considerasen tutsis, sólo por eso. Diréis que hace sesenta años medían nuestra nariz, o el color de nuestros ojos, sí, pero al final sólo contaba la riqueza de la familia. Desde el año veintiséis, la verdadera diferencia entre los ruandeses es la casta y no la raza. 

Los aludidos acogieron con reserva su opinión: donde esté un lema pegadizo y repetido hasta el embotamiento, que se aparte el sentido común. Apenas le mostraron recelo, pues era un  anciano respetado en el barrio. El gendarme hacía caso omiso al voceo; bajó el volumen de la radio para permitir al anciano hablar y escucha la emisión con la oreja pegada al altavoz. 

—Entonces: ¿para usted de quién es la tierra? No dirá que de los tutsis que hace siglos nos conquistaron —cuestiona al abuelo con cierta malicia el albañil Hakizabera.

—La tierra es de quienes, cuando beben de un vaso, otros lo rompen con asco para que nadie más lo use —afirma el anciano.

—¿Te refieres a los pigmeos? —pregunta el primo Grégoire.

—Exacto: los batwa. El hutu y el tutsi, por enzarzados que estuvieran, siempre tuvieron tiempo para matarlos por creerlos colaboradores del enemigo. ¿Los tutsis son ocupantes del país?, ¿se lo arrebataron a los hutus? Pues los hutus antes se lo arrebataron a los batwa. Incluso la palabra “twa” es insultante. Donde muchos ven a un “twa” yo veo a un impunyu, un binga, un mbuti o un benzi. Los encuentro en la ciudad, mendigando o prostituyéndose, y sólo pienso que ellos son los verdaderos dueños de esta tierra y que batwa, bahutu y batutsi deberíamos dedicarnos a construir un país.

—Un país sin cucarachas —Cyprien, el policía, rompe su silencio.

Los presentes enmudecen, y el anciano, confuso, le observa. Cyprien le solicita que lo acompañe fuera un momento. En la entrada, estrecha su mano en son de disculpa y se sincera:

—Señor Nzeyimana, siempre le he apreciado. Es usted un hombre cabal. Por favor, escuche: aquí va a pasar algo grave. Acaban de emitir en la RTLM la frase: “es hora de talar los árboles altos” y esa es una señal de aviso. 

—¿Otro golpe de estado? —El abuelo encoge los hombros—: ¿Señal para qué?, ¿para quién?

—Para todos: ejército, milicias interahangwe, milicias impuzamugambi, guardia presidencial, gendarmería… todos. Reúna a su familia, señor Nzeyimana, y corra lejos del país. La violencia estallará como un muelle apretado, demasiados preparativos para no hacer nada. Yo voy a reincorporarme al servicio en comisaría.

Estrecha su mano de nuevo y se aleja hacia el camino. A los pocos pasos se gira y recalca:

—¿Me ha entendido, señor?: es la guerra.



sigue...

BORRAR LA PIZARRA (effacer le tableau) 1/8






Esta ficción se basa en hechos reales ocurridos en Rwanda y advierto sobre su lectura poco agradable. La mayoría de las situaciones fueron relatadas en su día por supervivientes y verdugos encarcelados. Las transcripciones de noticiarios de la RTLM son literales. 

 Dedicado a la memoria del capitán Mbaye Diagne, del ejército de Senegal. Valiente entre valientes, salvador de muchos.



1.     

INYANGAMUGAYO (persona digna de confianza)


Noche ruandesa; finales de mayo de 1994. Crímenes en una aldea cerca de la frontera tanzana. El joven recoge su machete del suelo de la cabaña y se perfila en el quicio de la puerta. Al final del camino avizora una fogata y un grupo de milicianos interahangwe festejando. En ese trecho de carretera, casas bajas a ambos lados y perros que mordisquean los despojos de los tutsis que no pudieron huir de la purga. Uno de los verdugos entra en un camión militar y conecta la radio; después sale con botellas y las reparte. La brisa nocturna lleva hasta el chico un rumor de música zaireña: “Souci ya Likinga”, del gran Pépé Kallé. Los asesinos bailan ebrios agitando machetes, hachas e impiris, garrotes erizados de clavos. Sus líderes exhiben Kaláshnikovs y ametrallan el aire: es su brindis; las balas trazadoras, una de cada tres, rayan la oscuridad como meteoros. “¡Poder hutu!”, jalean los ejecutores, y vacían el cargador. Dos perros famélicos disputan por un brazo amputado —algunas víctimas tuvieron el reflejo de cubrirse la cabeza antes del machetazo—. Los perros se gruñen y muestran los dientes para amedrentarse; corcovan con cada salva, aunque no abandonan la carne. 

—Luego dirán los blancos que somos peores que las bestias, y con razón —murmura el joven. 

El chico, adolescente, viste una camisa roja, verde y azul, estampada con dos manos en saludo fraternal: colores y símbolos del poder hutu. Tras él, en la única estancia de la casa, una pila de cuerpos y, atado a una columna, el guiñapo desnudo de una joven. La han penetrado la vagina con una botella rota. Una llama de quinqué proyecta en la pared tremolantes siluetas y funde el perfil de la muerta con las sombras de los otros cadáveres; recién ejecutados, el aire hiede a una mezcla de queroseno y los primeros gases de la descomposición.

—Dese prisa, madame —ruega el chico tras un fugaz vistazo al interior. Parece que le habla a los muertos.

Al fondo, acurrucada, una mujer termina de vestirse con ropa masculina. Un rosetón oscuro en la camisa señala el disparo que mató a su dueño. La cara machacada de la mujer deja entrever que unas horas antes poseía la estilizada belleza amhárica de los tutsi. Se yergue sujetándose el vientre con una mano, recoge del suelo sus bragas manchadas de sangre, las mira y las deja caer con asco. Después se dirige a una ventana en la pared opuesta a la puerta y escruta fuera. Asoma medio cuerpo y vuelve a entrar.

—Ven conmigo, Juvénal. Si te quedas te matarán —ruega al muchacho. 

—Alguien detendrá esto… —responde sin dejar la vigilancia.

—¿Todavía no te has enterado, niño? Los legionarios sólo vinieron a evacuar a los blancos; hasta la ONU ha escapado de aquí. Nos han abandonado, Juvénal, ¿entiendes? los africanos no les importamos. 

El muchacho traga saliva y elude la mirada de la mujer.

—Necesito quedarme, madame. Que Dios nos ayude a los dos. Márchese.


sigue…


miércoles, 23 de noviembre de 2016

EL TENGU. (2ª parte. Final)



天狗。(Karasu tengu).


“Este hombre parece cianótico, como un ahogado”, fue el primer pensamiento de Takeda al reanimarse y atisbar una borrosa cara azul que lo vigilaba. Mientras se frotaba los ojos para aclarar la visión, cayó en la cuenta de que debería estar muerto.
—¿Es usted médico?, ¿me administró un antídoto? —Preguntó—¿cómo supo que yo intentaba…?
—No soy médico —zanjó el aparecido.
Aquella voz tenía algo sobrenatural: agradable y eufónica, aunque a la vez chillona y rota como un graznido. Poseía cierta semejanza con la de un niño que imita burlón el habla de un anciano. El intrigado doctor se incorporó frente al visitante y frunció el ceño para enfocar mejor la vista. Lo primero que distinguió con claridad fueron unos chispeantes ojos ambarinos. El fulgor de aquella mirada lo cautivó de tal forma que tardó en percatarse de cierta rareza: un tercer párpado de movimiento horizontal. “¿Una membrana nictitante? ¡Parpadea como las aves!”, dedujo receloso cuando la lógica rompió la ensoñación.
—Takeda-san: he de presentarme. No te asustes —avisó el aparecido mientras se ponía en pie.
Ante el hombre arrodillado se alzó un ser antropomorfo de dos metros de alto, cubierto de iridiscentes plumas azul marino, con cabeza de cuervo, garras en vez de manos y un par de alas plegadas a su espalda. Lucía la indumentaria de los monjes guerreros de la montaña e iba armado con katana y wakizashi.
—¡Eres un tengu! ¡N-no puede ser! —balbuceó el doctor.
—Para ser exactos soy un karasu tengu, el cuervo; o, si lo prefieres, un koppa tengu, el mensajero. Vengo a transmitirte una proposición de mi amo, el gran tengu del monte Yamabushi… ¿te importaría atender mientras hablo?
Aunque era consciente de su presencia, Takeda hacía caso omiso y se palpaba el lateral del cuello en busca del pulso. “Estoy en coma o delirando. Los tengus son seres mitológicos, soy un científico y no creo en leyendas…” razonaba a modo de mantra.
El cuervo se aproximó al humano refunfuñando y lo levantó por las axilas, como a un bebé, hasta la altura en que pico y nariz se tocaron.
 —Estoy más que harto de trabajar con descreídos. Soy un espléndido ejemplar de karasu tengu y obviamente existo ¿Te parece que esto lo haría un producto de tu mente?
La subyugación resultó tranquilizadora para el hombre y terminó por calmarse pasados unos minutos. Su inicial recelo se tornó en curiosidad y fascinación.
—Disculpa mi incredulidad, tengu. Soy científico además de médico, y para mí la certeza es algo muy serio —argumentó Takeda—. Sentémonos, escucharé la propuesta de tu amo.
Se acomodaron y el aparecido explicó a Takeda que no lo había curado, pues no era su cometido; se había limitado a dejar el óbito en suspenso aletargando la ponzoña en el organismo hasta que hubiese terminado el asunto que venía a tratar con él. Si el doctor, ejerciendo su libre albedrío, había optado por la arraigada costumbre japonesa del suicidio, era asunto suyo y nadie le hurtaría su deseo de morir. Después reveló que el ofrecimiento del gran tengu del monte Yamabushi consistía en que mediante los poderes arcanos de su mensajero, el karasu tengu, cumpliría un deseo del humano.
—¿Estando ya casi muerto? Demasiado tarde —objetó el doctor—.  Lo veo fuera de lugar. No acierto a comprender mi merecimiento de semejante regalo. Es tan… extraño.
—¿Extraño? No más insólito que conversar conmigo: un ser sobrenatural nacido de un huevo.
—Cierto. Aún así ruego que respondas, tengu ¿Por qué yo?     

武田信玄
Takeda Shingen
          El ser desenvainó con ambas manos la catana y el wakizashi y, en lo que dura un parpadeo, realizó seis cortes en el suelo justo frente al humano; los tajos formaban la figura de un rombo con un aspa en su interior que lo dividía a su vez en otros cuatro rombos iguales: el símbolo heráldico del clan Takeda.
—Ahí tienes la respuesta: por tu linaje, doctor, por tu linaje —apostilló mientras enfundaba las espadas.
Takeda parecía ofuscado por la revelación, y el tengu dedujo con acierto que el silencio del hombre obedecía a un repaso mental de los ancestros que atinaba a recordar.
—Lo lamento, pero debe tratarse de un error —dictaminó el doctor—. Mi apellido es bastante común; sin olvidar que a lo largo de la historia eran frecuentes los cambios de nombre o adopciones.
—Te equivocas —refutó el tengu—. A pesar de que no te asemejas a tus belicosos antepasados, estás emparentado con el señor de la guerra Takeda Shingen, con los jefes del clan Minamoto que lucharon en las guerras Genpei, y así hasta remontarnos mil doscientos años al emperador Seiwa. Moribundo e ignorante hombrecito: por tus venas corre sangre regia. Y ahora deja de hacerme perder mi valioso tiempo y pide de una vez tu deseo.
El humano se sintió apremiado por las últimas palabras del tengu y reaccionó con inusual hosquedad:
—¡Entonces devuelve a Keiko a la vida, cuervo! Me da igual morir si ella sobrevive.
El tengu rio y dijo:
—No me obligues a mortificarte, saco de gusanos. ¿Tan importante te crees? Ni siquiera el dios Izanagi pudo rescatar a su esposa del infierno después de que ella probase el alimento del mundo de los muertos. Tu querida Keiko lo comió hace tiempo y ya es parte de la tierra de Yomi; pero no sufras por ella; cuando acabe mi cometido terminarás de morir, y allí os pudriréis juntos eternamente. Sugestiva estampa ¿verdad?
—Entonces esta desagradable conversación carece de sentido —concluyó Takeda—. No se me ocurre nada que pedirte. Rechazo tu regalo y te pido que te vayas y me dejes morir.
—Como quieras. No estás obligado a aceptar. Expirarás en cuando abanique de nuevo tu rostro con mi tessen. Sólo aclárame algo antes de hacerlo: eres el único humano con el que he tratado que no ha pedido nada. ¿Ni siquiera clamas venganza contra los que mataron a tu esposa o a tu hijo?
Takeda suspiró y señaló un arcón a la derecha del tengu.
—Ahí guardamos los efectos personales de Ichiro, mi hijo. Lo primero que encontrarás al abrirlo es la portada un periódico de mil novecientos treinta y siete donde se glosa otra gran victoria de nuestro invencible ejército. Léela.
El tengu obedeció y al poco tenía ante sí la primera plana de una gaceta de Tokio. La página mostraba la fotografía de una fila de prisioneros chinos arrodillados con la cabeza gacha y las manos atadas a la espalda. En pie, tras ellos, dos sonrientes oficiales japoneses con las katanas desenvainadas, prestos para ejecutarles. El titular y el pie de foto narraban con el estilo de una desenfadada crónica deportiva la amistosa competición de decapitaciones que enzarzaba a ambos jóvenes.
—Yanagawa, ciento trece; Takeda, ciento veinte —leyó el tengu—. El de la derecha es tu hijo ¿verdad?
—En efecto. Servía en el décimo ejército y participó en la toma de Nanjing, y los que van a ser asesinados son civiles indefensos. Ichiro había vuelto a casa de permiso y durante la cena nos mostró esa repugnante publicación como si fuese una medalla. Keiko enmudeció mientras yo le decía: “Hijo mío ¿acaso no te he enseñado nada?, ¿compasión con los débiles? ¿No recuerdas cuando me asistías pasando consulta en el barrio de los burakumin, los parias del Japón?, ¿no aprendiste nada del contacto con personas humildes que una sociedad injusta margina hasta el extremo de considerarlas inferiores?”, y él respondió: “Por supuesto que sí, padre. ¿Cómo olvidar que los atendías gratis en tu tiempo libre a pesar de las murmuraciones de tus colegas? Me enseñaste que los buraku son gente como nosotros, que es inmoral segregar a nadie y que todas las personas somos iguales. Y también aprendí a ser valiente para hacer lo correcto… pero padre, un buraku, al fin y al cabo, siempre será japonés, mientras que los chinos no son seres humanos; son animales y se les puede sacrificar como a cerdos. Y has de saber que me inspiró tu valentía ante el cumplimiento del deber y, venciendo mi repugnancia ante esa sucia especie, autoricé a la tropa a desahogarse sexualmente con algunas hembras chinas. Todo sea para conservar intacta la moral de unos héroes que llevan muchos meses lejos de casa”.
Takeda ahogó un sollozo, observó con tristeza la foto de Ichiro junto al altar y prosiguió:
—La única frase que surgió de mi boca ante semejante aberración fue: “¿Violaciones? No hablarás en serio” y él, mi hijo, reposadamente, mientras cargaba su pipa de tabaco, replicó: “Es un sacrificio necesario para que mis soldados no extrañen sus hogares. Les ordeno distribuirse en grupos de cuarenta hombres por prisionera y que la maten al terminar. Algunas veces las mutilaban y las dejaban vivir, pero terminé con esa peligrosa costumbre y yo mismo ejecutaba a la hembra de cerdo; mejor evitar embarazos de mestizos que contaminen nuestra raza”.
Takeda le pidió al tengu la página, se acercó al altar y la quemó junto con unas varas de incienso. Se volvió hacia él y exclamó:
—¿Venganza? Jamás. Y no porque yo sea buena persona. Estoy tan lleno de odio como de tristeza. ¡Odio a los aviadores americanos que abrasaron a mi familia y odio a los políticos, militares y profesores japoneses que, según se hacía hombre, transformaron a mi niño en un monstruo! Lavaron el cerebro de mi hijo y sus padres no reparamos en ello. Ichiro se jactó ante mí de que el ejército japonés lleva casi diez años bombardeando civiles en las ciudades chinas ¡Utilizan bombas incendiarias e incluso gas venenoso! Un muchacho sensible y humanitario se transformó en un ser que encontraba normal esa conducta abominable: ¿en qué se ha convertido el pueblo japonés? ¡Nos hemos rebajado a la indigencia moral de los nazis o de los comunistas y sus malditos genocidios! Por esos execrables motivos me faltan el derecho o el deseo de clamar venganza, porque recogemos la cosecha de dolor que sembramos hace tiempo; desde el instante en que entregamos nuestros hijos al Estado para que los educase en el pensamiento único. ¿Cómo puedo albergar animadversión contra el partisano chino que mató a mi hijo… mi hijo… —el hombre sollozó unos instantes, se recompuso y continuó—… sabiendo que cuando nuestra gloriosa infantería asalta una aldea, cavan enormes hoyos y arrojan dentro a familias enteras para enterrarlas vivas? ¿Acaso nos merecemos una pizca de conmiseración por parte del enemigo? Las respectivas masacres no se justifican entre sí; me alegro de abandonar un mundo que ha caído en este sinsentido.
—Los tiempos han cambiado para mal, Takeda-san —añadió el tengu—. Si te sirve de consuelo, te explicaré algo: los tengus nunca luchamos en las batallas. Nuestra misión consiste en introducirnos en la mente de los guerreros y aconsejarlos por medio de corazonadas. Por desgracia, esta infortunada guerra es diferente a las anteriores y casi todos los soldados desoyen nuestra invisible inspiración. Son como aquellos samuráis poseídos por el espíritu de las espadas forjadas por Muramachi, que terminaban por enloquecer y les embargaba una irracional ansia de sangre. Ichiro fue otra víctima más de esa locura. Suelen acabar así aquellos que recurren al atajo mental del fanatismo: dejan de lado el sentido común y su humanidad.
—Agradezco tus palabras, tengu; no me consuelan, aunque al menos he podido aliviarme contigo. Hasta ahora sólo le confiaba a Keiko cómo me sentía…
—Tengo una idea —interrumpió el tengu.
Se cubrió los ojos con una garra y posó la otra sobre el hombro de Takeda.
—Ya que los militares son insensibles a la percepción que aportamos quizás tú, médico, guerrero en la batalla perdida contra la muerte, seas más receptivo. Relájate.
Takeda obedeció y al momento cayó en un breve y clarividente trance en el que su criterio se centró en lo que era de verdad importante, en aquel pensamiento que subyacía en su mente soterrado por el dolor. Se vio sobrevolando una laboriosa ciudad de parques ornamentados por árboles ginkgo; enormes, preciosos, antiquísimos: sagrados. Es una época contemporánea, ve muchos soldados por la calle. Lo chocante es que no hay secuelas perceptibles de ataques americanos y la ciudad está intacta. El doctor remonta el vuelo y gana altura. Ahora vuela junto a un enorme avión plateado que abre las puertas de su bodega y lanza una sola bomba. El artefacto detona a medio quilómetro del suelo; una rara explosión muda. Su luz cegadora funde edificios y personas y una pavorosa onda expansiva arranca las casas de los cimientos; es la misma destrucción de Tokio, pero en una milmillonésima de segundo. La ciudad desaparece, absorbida por una nube de colores cambiantes en forma de hongo.
El doctor se reanimó con una cabezada.
—¡Hiroshima! —Agarra al tengu por el cinturón— ¡Era cierto el rumor! Ahora entiendo la razón por la que hasta hoy no bombardearon aquí, en Kokura, aunque tenemos un enorme arsenal. Están probando un arma devastadora y necesitan una población intocada para apreciar mejor los efectos, como en Hiroshima. Nuestra destrucción es un experimento; somos como las ratas de mi laboratorio.
—Bien inferido, humano —felicitó el tengu.
 En ese momento se percibió el lejano ronroneo de los motores de un avión que sobrevolaba la ciudad.
—Ya vienen, ¿verdad? —preguntó Takeda.
—Este primero es un aparato de reconocimiento. El que llegará tras él transporta una sola bomba con el poder de evaporar Kokura de la superficie de la tierra. Han aprendido a dominar la energía que hace lucir el sol, y la van a utilizar.
—También noté algo que no conseguí enfocar en mi mente, algo relacionado con un hombre gordo —añadió el doctor.
—¡Muy bien! Es el nombre con que bautizaron la bomba. Por tanto, humano, con tu recién adquirido conocimiento: ¿ deseas ahora que haga algo por ti?
—Protege la ciudad, tengu. Me es indiferente cómo, pero sálvala —rogó Takeda.
—Sea pues. He de apresurarme ¿Listo para irte, humano?
—Preparado —afirmó mientras se tumbaba—. Adiós, tengu. Gracias.
—Adiós, Takeda-sama. Buen viaje —respondió.
El tengu abanicó el rostro de Takeda y éste expiró. Parecía dormir en paz. Después colocó en el altar una varilla de incienso, la encendió con su mirada y la apagó con un delicado soplido. De la vara comenzó a brotar un humo dulzón, primero un hilo casi invisible, como de seda, luego cada vez más grueso, como una fumarola. Milagrosamente no se consumía y del mismo modo la emanación se hacía cada vez más violenta y densa. Pronto la humareda llenó la habitación y el tengu abrió puertas y ventanas para que saliera de la casa, hasta que se formó una enorme columna grisácea. La tupida niebla resultante se estabilizó a los pocos minutos y encapotó prodigiosamente el cielo sobre la ciudad.
—Ya está —concluyó el tengu.
Desplegó sus alas y desapareció.

被爆者。(Hibakusha).

Persona bombardeada.


—Negativo. El blanco sigue oculto por las nubes.
La voz del artillero retumbó en los auriculares del mayor Charles Sweenie, piloto del bombardero B-29 bautizado como Bockscar. Las órdenes eran tajantes: sólo podían lanzar la bomba si tenían una visual clara de Kokura. Sweenie comenzaba a preocuparse. Tras un buen rato sobre la ciudad, no aparecía ningún hueco entre aquella condenada niebla surgida de la nada.
—Recibido, Kermit —respondió.
¡Era inaudito! El avión meteorológico que reconoció el blanco una hora antes no advirtió sobre nubosidad. La misión parecía gafada desde el despegue de la isla de Tinian. Así pues, el mayor Swennie decidió no seguir tentando a la suerte: tras sufrir todo tipo de contratiempos y ante la posible aparición de los cazas japoneses, mejor olvidarse de Kokura y atacar el objetivo secundario.
—Piloto a tripulación —avisó por megafonía—: viramos rumbo a Nagasaki.                           

Fin

viernes, 18 de noviembre de 2016

EL TENGU. 天狗 (1ª parte)





ひどいな火事だよ!大丈夫か? (Hidoi kaji da yo! Daijōbu ka?)

                  ¡Qué horrible incendio! ¿Estás bien?


Los primeros meses del año 1945 fueron los más dolorosos de la vida del doctor Takeda. En enero cayó en combate Ichiro, su único hijo, oficial de infantería destacado en Manchuria, y en marzo perdió a Keiko, su esposa, en el bombardeo que incineró un tercio de la ciudad de Tokio. Ambas muertes estaban siniestramente entrelazadas, ya que el matrimonio acordó que la mejor manera de estar cerca del hijo perdido sería mudarse desde Kokura, su ciudad natal, a Tokio, cerca del templo de Yasukuni, lugar donde se albergan las almas de los soldados caídos. Y así, mientras él en Kokura tramitaba el cambio de hospital, ella, alojada con unos parientes tokiotas, preparaba el traslado al que sería su nuevo hogar. Por ello no estaban juntos el día del ataque.

Cuando Takeda consiguió arribar a la capital, hubo de sumergirse en lo inimaginable. Primero la devastación: el alfombrado de bombas incendiarias provoca una tormenta de fuego que sólo se extingue cuando no queda nada por quemar. Luego la hediondez de la carne abrasada impregnándolo todo; jirones de cadáveres mezclados con escombros aún humeantes, cuerpos de adultos expuestos a temperaturas tan elevadas que habían encogido y parecían de niños, otras víctimas flotando en el río Sumida camino de la bahía, la imagen surrealista de lo que quedaba de tres personas en un cubo tras recogerlo con una pala; y así hasta saturar los sentidos de estampas atroces. Aquello no era tarea para alguien dedicado a sanar, sino de barrenderos. Cien mil muertos; no fue mal balance para dos horas de incursión aérea.

El doctor erró como un vagabundo. Al llegar al distrito donde se alojaban Keiko y sus parientes sólo se adivinaba el trazado de las calles por los cuadrados de suelo calcinado que, como fantasmas, testificaban el último aullido de terror de los hogares que allí se erguían. Y como médico también sabía que los que allí vivían se asfixiaron antes de abrasarse, porque los vórtices llameantes que se forman en esos incendios gigantescos consumen todo el oxígeno, y los pulmones se escaldan dentro del cuerpo, y llega la muerte intentando respirar en un ígneo ataque de asma, entre estertores, boqueando como un pez fuera del agua; contra eso no sirve el refugio antiaéreo. Los demás morirían por el fuego; unos segundos de dolor indescriptible mientras se queman las terminaciones nerviosas de las primeras capas de piel, luego la muerte sin sentir nada, retorciéndose el cuerpo en un espasmo que llaman “la guardia del boxeador”.

El hombre creyó enloquecer mientras suplicaba a su mente la ansiada insensibilidad ante la certeza de Keiko convertida en uno de tantos guiñapos ennegrecidos: resulta demoledor para la cordura conocer con tanto detalle el funcionamiento del cuerpo humano y los mecanismos que rigen el dolor cuando se buscan los restos del ser querido asesinado en esas circunstancias.

Finalmente, tras indagar en los hospitales que quedaban en pie y descubrir (¿por suerte?) lo que quedaba de su familia, enterró los pedazos en una fosa común, allí mismo, en el lugar del crimen, y regresó a Kokura muerto en vida.

ここで休みたい(Koko de yasumitai).

Quiero descansar aquí.


No compartir el destino de Keiko hundió a Takeda en una tristeza tan lacerante que consumió su alma con la certeza del tumor maligno. En cierto momento pensó embotar el dolor anegándolo con sake o mediante drogas, pero lo descartó por ética profesional: precisaba de una mente despejada y pulso firme para manejar el bisturí en la mesa de operaciones. Desgraciadamente, tampoco era posible aplicar en su persona las fórmulas reconfortantes utilizadas con los familiares de un paciente fallecido, pues tras años de repetir las mismas palabras de consuelo, éstas se tornan tópicos vacíos que no mitigan el dolor. 

Takeda se rindió en la primera semana de agosto y, tras medio año de soledad, decidió quitarse la vida. Ni siquiera se veía como un ser humano, sino como un gusano alanceado con alfileres por un metódico, cruel y todopoderoso entomólogo. Demasiada pena, demasiado silencio en un hogar vacío de seres queridos. La quietud nocturna le llegó a resultar tan estruendosa que permanecía en vigilia al extrañar el acompasado sonido de la respiración de Keiko dormida a su lado, o al tomar repentina conciencia de los familiares crujidos de la madera o del reverberante tic-tac del reloj; miedo al sueño. Los escasos días en que se adormilaba por puro agotamiento, sobrevenían horrendas visiones, flamígeras alucinaciones en las que veía arder a su familia mientras él se asfixiaba con la infinita apnea que sólo conceden los sueños. 

Elaboró el veneno en el laboratorio del hospital y volvió a casa paseando con olvidada placidez. La jornada laboral había sido óptima, aunque a última hora tuvo que administrar un sedante a un celador presa de un ataque de ansiedad: circulaba un espantoso rumor sobre la ciudad natal de aquel hombre, Hiroshima, incomunicada desde hacía dos días. Takeda desechó ese mal recuerdo para no enturbiar un día perfecto y prefirió disfrutar de su último atardecer, de las caras de la gente, del inminente final de su congoja por las alucinaciones que depararía la noche… e intentó sonreír por primera vez desde hacía meses. Imposible; ya no sabía cómo hacerlo y se sintió más acabado que nunca. 

Anocheció. Preparó su muerte en el dormitorio, ante el pequeño altar sintoísta orlado con las fotografías de Keiko e Ichiro. Al ser hombre de ciencia nunca había sido muy religioso, no obstante prefirió despedirse allí, relajado en la medida de lo posible y acompañado por los recuerdos de su familia. 

Extrajo de un bolsillo una jeringuilla y un frasquito, suspiró y se remangó; “está bien, vamos allá” susurró para sí, desenroscó el tapón, cargó la jeringuilla con el líquido del interior, punzó la vena adecuada y empujó el émbolo con firmeza. “En dos minutos terminará todo”, diagnosticó, y se concentró en la sosegada mirada que Keiko le devolvía desde la fotografía. Necesitaba que esa imagen tan querida fuese la postrera visión de este mundo para así partir en paz, con la impronta del inmarchitable amor que se profesaron.
No sintió que caía, sino que el suelo de tatami lo abofeteaba. Se agazapó en posición fetal y, según el veneno anegaba su torrente sanguíneo, un estertor grabó en su cara un rictus sardónico y apareció la somnolencia previa a la muerte. Después la nada. Ni viaje catártico por un túnel luminoso, ni evanescentes ensoñaciones de la vida pasada. Sólo la nada.

El visitante se materializó en la habitación justo a tiempo de atrapar mágicamente con su abanico de guerra el último hálito de vida del doctor. La expiración adoptó la forma de una sinuosa voluta de humo opalino y danzó en gracioso equilibrio sobre el papel laqueado del tessen. “Hermoso espíritu. Morabas en una buena persona”, pensó el recién llegado, y lo abanicó hacia la boca de Takeda para introducir de nuevo la vida en su cuerpo. “Aún no puedes marchar, Takeda-san” musitó. Y el finado poco a poco volvió a respirar. 
“Despertará pronto”, conjeturó la aparición. Se arrodilló junto a él, inspiró profundamente y comenzó a meditar. De haber tenido boca en vez de pico, hubiese sonreído.